martes, 24 de junio de 2025

León XIV en la Solemnidad del Corpus Christi 2025.

PODCAST-CRISTAL “Deep Dive”

León XIV en la Solemnidad del Corpus Christi 2025

 El Papa: La Eucaristía une y transforma. Dios multiplica lo que compartimos

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En la Solemnidad del Corpus Domini, el Evangelio de hoy nos recuerda que los dones de Dios, incluso los más pequeños, crecen cuanto más se comparten. El Papa en el Ángelus reflexiona sobre el milagro de la multiplicación de los panes y los peces y el misterio de la Eucaristía.


Lo poco que ofrecemos, Dios lo convierte en abundancia.

León XIV recordó que el milagro de los panes no es solo un prodigio, sino un signo que nos recuerda que “los dones de Dios” crecen en abundancia cuando se ponen al servicio de los demás.

Jesús pide a los Apóstoles que ofrezcan lo poco que tienen. Y es a partir de ese gesto humilde de generosidad que todos quedan saciados, afirmó el Papa. Esa dinámica, señaló, alcanza su plenitud en el sacramento de la Eucaristía, donde Dios mismo se ofrece en el pan y el vino consagrados, aceptando lo que la humanidad le presenta y devolviéndolo como don divino: el Cuerpo y la Sangre de Cristo.


El compartir de Dios con la humanidad

“En la raíz de todo compartir humano está el de Dios con nosotros”, expresó el Pontífice. Al hacerse hombre, Jesucristo asumió nuestra pobreza y fragilidad, incluso nuestra muerte, para redimirnos. Citando al místico bizantino Nicolás Cabásilas, el Papa subrayó que Dios elige valerse de lo poco que podemos darle, y eso lo convierte en medio de salvación.


“Sin embargo, al leer todo esto en el día del Corpus Domini, reflexionamos sobre una realidad aún más profunda. Sabemos, en efecto, que en la raíz de todo compartir humano hay uno más grande que lo precede: el de Dios hacia nosotros. Él, el Creador, que nos dio la vida, para salvarnos pidió a una de sus criaturas que fuera su Madre, para asumir un cuerpo frágil, limitado, mortal, como el nuestro, poniéndose en sus manos como un niño. Así compartió hasta sus últimas consecuencias nuestra pobreza, eligiendo valerse, para redimirnos, precisamente de lo poco que podíamos ofrecerle (cf. Nicolás Cabásilas, La vida en Cristo, IV, 3)”


La Eucaristía: don de amor y comunión

Comparando la Eucaristía con el gesto de un regalo sencillo pero lleno de amor, León XIV ilustró cómo Dios se une a nosotros con ternura y cercanía, santificando lo que le ofrecemos y transformándolo en alimento de vida eterna. En cada Misa —dijo—, el pan y el vino, junto con nuestra vida, son acogidos por Dios y devueltos como signo de su amor absoluto.

Inspirándose en san Agustín, el Papa recordó que así como muchos granos de trigo forman un solo pan, la Iglesia se edifica como un solo cuerpo en la unidad y la caridad, fruto del misterio eucarístico.



“Pues bien, en la Eucaristía, entre nosotros y Dios, sucede precisamente esto, el Señor acoge, santifica y bendice el pan y el vino que ponemos en el altar, junto con la ofrenda de nuestra vida, y los transforma en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sacrificio de amor para la salvación del mundo. Dios se une a nosotros acogiendo con alegría lo que le presentamos y nos invita a unirnos a Él recibiendo y compartiendo con igual alegría su don de amor. De este modo —dice san Agustín—, como el “conjunto de muchos granos se ha transformado en un solo pan, así en la concordia de la caridad se forma un solo cuerpo de Cristo” (cf. Sermón 229/A, 2)”


Celebración de la solemnidad en San Juan de Letrán

Por último, León XIV recordó a los presentes, que esta noche se realizará en la basílica de San Juan de Letrán “la Procesión Eucarística”, después de la Santa misa, los presentes en la basílica se pondrán en camino junto con el Obispo de Roma, llevando el Santísimo Sacramento por las calles de la ciudad.

“Cantaremos, rezaremos y, finalmente, nos reuniremos en la Basílica de Santa María la Mayor para implorar la bendición del Señor sobre nuestros hogares, nuestras familias y toda la humanidad. Partiendo desde el altar y el sagrario, que esta celebración sea un signo luminoso de nuestro compromiso de ser cada día portadores de comunión y paz los unos para los otros, en el compartir y en la caridad”

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domingo, 15 de junio de 2025

El Papa en el Ángelus: recemos por la paz en Oriente Medio, Ucrania y el mundo

 domingo 15 de junio 2025

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

🌿 Solemnidad de la Santísima Trinidad 🌿

Mientras el mundo sufre guerras y odios nacidos de planes sin Dios —en Ucrania, Oriente Medio, Sudán…—, el Evangelio de hoy nos trae esperanza:
👉 “El Espíritu de la verdad los guiará hasta la verdad plena” (Jn 16,13).

El Papa León XIV, en la plaza de San Pedro, pide oraciones y diálogo por la paz en tantos rincones heridos, y recuerda que el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es la única fuerza capaz de renovar la humanidad.

✨ Donde el mundo se tambalea, la Trinidad sostiene. 

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El Papa en el Ángelus: recemos por la paz en Oriente Medio, Ucrania y el mundo


En la plaza de San Pedro, antes de la oración mariana, León XIV pide un diálogo inclusivo por la paz en Myanmar, recuerda a las casi 200 víctimas de la violencia en Nigeria, al párroco asesinado por un atentado en Sudán, donde pide a los combatientes que se detengan, protejan a los civiles y entablen un diálogo por la paz. El Pontífice se dirige a la comunidad internacional para que proporcione "al menos la asistencia esencial a la población afectada por la grave crisis humanitaria".


Alessandro Di Bussolo - Ciudad del Vaticano


El mundo de hoy tiene gran necesidad de vías para construir la paz como el deporte, «una escuela de respeto y lealtad, que hace crecer la cultura del encuentro y de la fraternidad». Un estilo de vida que debe practicarse conscientemente, «oponiéndose a toda forma de violencia y opresión». Así se expresó el Papa León XIV antes de la oración del Ángelus, recitada en la Plaza de San Pedro ante miles de fieles congregados a pesar del gran calor estival. Y recordó los numerosos conflictos armados en el mundo

En Myanmar, a pesar del alto el fuego, continúan los combates, con daños también a las infraestructuras civiles. Hago un llamamiento a todas las partes para que emprendan el camino del diálogo inclusivo, el único que puede conducir a una solución pacífica y estable.


La terrible masacre de Nigeria: 200 víctimas entre los desplazados


El Papa habló a continuación de la terrible masacre en la que fueron asesinadas «con extrema crueldad» unas 200 personas en Nigeria, en la noche del 13 al 14 de junio, en la localidad de Yelwata, en el área administrativa local de Gouma, en el Estado de Benue. La mayoría, recuerda, eran desplazados internos, acogidos por la misión católica local.

Rezo para que la seguridad, la justicia y la paz prevalezcan en Nigeria, un país amado y tan afectado por diversas formas de violencia. Y rezo de manera especial por las comunidades cristianas rurales del Estado de Benue, que han sido incesantemente víctimas de la violencia.


Un párroco fallecido en Sudán: llamamiento a la asistencia humanitaria


A continuación, León XIV dirige su pensamiento a la República de Sudán, «devastada por la violencia desde hace más de dos años». Y a la muerte del P. Luke Jumu, párroco de El Fasher, víctima de un bombardeo.

Al tiempo que aseguro mis oraciones por él y por todas las víctimas, renuevo mi llamamiento a los combatientes para que se detengan, protejan a los civiles y entablen un diálogo por la paz. Insto a la comunidad internacional a intensificar sus esfuerzos para proporcionar al menos la asistencia esencial a la población, gravemente afectada por la grave crisis humanitaria. Sigamos rezando por la paz en Oriente Medio, en Ucrania y en todo el mundo.


La beatificación de Floribert, testigo de esperanza para los jóvenes


Por último, el Pontífice recordó que esta tarde, en la basílica de San Pablo Extramuros, será proclamado beato Floribert Bwana Chui, joven mártir congoleño.

Fue asesinado a los veintiséis años porque, como cristiano, se oponía a la injusticia y defendía a los pequeños y a los pobres. Que su testimonio dé valor y esperanza a los jóvenes de la República Democrática del Congo y de toda África.


Por último, la invitación a los jóvenes:


¡Los espero dentro de mes y medio en el Jubileo de los jóvenes! Que la Virgen María, Reina de la Paz, interceda por nosotros.



jueves, 12 de junio de 2025

PENTECOSTÉS, HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV CAPILLA PAPAL Plaza de San Pedro


SANTA MISA DE LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS JUBILEO DE LOS MOVIMIENTOS, DE LAS ASOCIACIONES Y DE LAS NUEVAS COMUNIDADES.

Domingo, 8 de junio de 2025

“Pentecostés: el Espíritu que abre fronteras y renueva el corazón del mundo”

En un mundo fragmentado por el miedo, la soledad y la violencia, esta homilía del Papa León XIV nos sacude como viento de lo alto: el Espíritu Santo no es un consuelo tibio, sino un fuego que abre nuestras fronteras interiores, sana nuestras relaciones y derriba los muros del odio entre los pueblos. Pentecostés no es pasado: es llamada presente a vivir sin miedo, con el alma abierta al amor, al otro y a Dios. Que este soplo divino nos despierte, nos una y nos empuje a ser artesanos de fraternidad, testigos de un Evangelio que transforma. 

¡Atrévete a abrir tu corazón al Espíritu y deja que lo haga nuevo!


PODCAST

  

HOMILÍA DE LEÓN XIV 

Hermanos y hermanas:

«Brilla para nosotros, hermanos, el día grato en que […] Jesucristo, el Señor, después de resucitado y glorificado por su ascensión, envió al Espíritu Santo» (S. Agustín, Sermo 271, 1). Y también hoy se reaviva lo que sucedió en el cenáculo; desciende sobre nosotros el don del Espíritu Santo como un viento impetuoso que sacude, como un fragor que nos despierta, como un fuego que nos ilumina (cf. Hch 2,1-11).

Como hemos escuchado en la primera lectura, el Espíritu lleva a cabo algo extraordinario en la vida de los Apóstoles. Ellos, después de la muerte de Jesús, se habían encerrado en el miedo y en la tristeza, pero ahora reciben finalmente una mirada nueva y una inteligencia del corazón que les ayuda a interpretar los eventos que han sucedido y a tener una íntima experiencia de la presencia del Resucitado: el Espíritu Santo vence su miedo, rompe las cadenas interiores, alivia las heridas, los unge con fortaleza y les da el valor de salir al encuentro de todos para anunciar las obras de Dios.

El texto de los Hechos de los Apóstoles nos dice que, en Jerusalén, en ese momento, había una multitud de las más variadas procedencias, y, aun así, «cada uno los oía hablar en su propia lengua» (v. 6). Y entonces, es así que en Pentecostés las puertas del cenáculo se abren porque el Espíritu abre las fronteras. Como afirma Benedicto XVI: «El Espíritu Santo da el don de comprender. Supera la ruptura iniciada en Babel —la confusión de los corazones, que nos enfrenta unos a otros», y abre las fronteras. […] La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es:  debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres (Homilía de Pentecostés, 15 mayo 2005).

Esta es una imagen elocuente de Pentecostés sobre la que quisiera detenerme con ustedes para meditarla.

El Espíritu abre las fronteras, ante todo, dentro de nosotros. Es el Don que abre nuestra vida al amor. Y esta presencia del Señor disuelve nuestras durezas, nuestras cerrazones, los egoísmos, los miedos que nos paralizan, los narcisismos que nos hacen girar sólo en torno a nosotros mismos. El Espíritu Santo viene a desafiar, en nuestro interior, el riesgo de una vida que se atrofia, absorbida por el individualismo. Es triste observar como en un mundo donde se multiplican las ocasiones para socializar, corremos el riesgo de estar paradójicamente más solos, siempre conectados y sin embargo incapaces de “establecer vínculos”, siempre inmersos en la multitud, pero restando viajeros desorientados y solitarios.

El Espíritu de Dios, en cambio, nos hace descubrir un nuevo modo de ver y de vivir la vida. Nos abre al encuentro con nosotros mismos, más allá de las máscaras que llevamos puestas; nos conduce al encuentro con el Señor enseñándonos a experimentar su alegría; nos convence —según las mismas palabras de Jesús apenas proclamadas— de que sólo si permanecemos en el amor recibimos también la fuerza de observar su Palabra y, por tanto, de ser transformados por ella. Abre las fronteras en nuestro interior, para que nuestra vida se convierta en un espacio hospitalario.

El Espíritu abre también las fronteras en nuestras relaciones. En efecto, Jesús dice que este Don es el amor entre Él y el Padre que viene a habitar en nosotros. Y cuando el amor de Dios mora en nosotros, somos capaces de abrirnos a los hermanos, de vencer nuestras rigideces, de superar el miedo hacia el que es distinto, de educar las pasiones que se sublevan dentro de nosotros. Pero el Espíritu transforma también aquellos peligros más ocultos que contaminan nuestras relaciones, como los malentendidos, los prejuicios, las instrumentalizaciones. Pienso también —con mucho dolor— en los casos en que una relación se intoxica por la voluntad de dominar al otro, una actitud que frecuentemente desemboca en violencia, como desgraciadamente demuestran los numerosos y recientes casos de feminicidio.

El Espíritu Santo, en cambio, hace madurar en nosotros los frutos que ayudan a vivir relaciones auténticas y sanas: «amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza» (Gal 5,22). De este modo, el Espíritu expande las fronteras de nuestras relaciones con los demás y nos abre a la alegría de la fraternidad. Y este es un criterio decisivo también para la Iglesia; somos verdaderamente la Iglesia del Resucitado y los discípulos de Pentecostés sólo si entre nosotros no hay ni fronteras ni divisiones, si en la Iglesia sabemos dialogar y acogernos mutuamente integrando nuestras diferencias, si como Iglesia nos convertimos en un espacio acogedor y hospitalario para todos.

Para concluir, el Espíritu abre las fronteras también entre los pueblos. En Pentecostés los Apóstoles hablan las leguas de aquellos que encuentran y el caos de Babel es finalmente apaciguado por la armonía generada por el Espíritu. Las diferencias, cuando el Soplo divino une nuestros corazones y nos hace ver en el otro el rostro de un hermano, no son ocasión de división y de conflicto, sino un patrimonio común del que todos podemos beneficiarnos, y que nos pone a todos en camino, juntos, en la fraternidad.

El Espíritu rompe las fronteras y abate los muros de la indiferencia y del odio, porque “nos enseña todo” y nos “recuerda las palabras de Jesús” (cf. Jn 14,26); y, por eso, lo primero que enseña, recuerda e imprime en nuestros corazones es el mandamiento del amor, que el Señor ha puesto en el centro y en la cima de todo. Y donde hay amor no hay espacio para los prejuicios, para las distancias de seguridad que nos alejan del prójimo, para la lógica de la exclusión que vemos surgir desgraciadamente también en los nacionalismos políticos.   

Precisamente celebrando Pentecostés, el Papa Francisco observaba que «Hoy en el mundo hay mucha discordia, mucha división. Estamos todos conectados y, sin embargo, nos encontramos desconectados entre nosotros, anestesiados por la indiferencia y oprimidos por la soledad» (Homilía, 28 mayo 2023). Y de todo esto son una trágica señal las guerras que agitan nuestro planeta. Invoquemos el Espíritu de amor y de paz, para que abra las fronteras, abata los muros, disuelva el odio y nos ayude a vivir como hijos del único Padre que está en el cielo.

Hermanos y hermanas: ¡Por Pentecostés se renueva la Iglesia y el mundo! Que el viento vigoroso del Espíritu venga sobre nosotros y dentro de nosotros, abra las fronteras del corazón, nos dé la gracia del encuentro con Dios, amplíe los horizontes del amor y sostenga nuestros esfuerzos para la construcción de un mundo donde reine la paz.

Que María Santísima, Mujer de Pentecostés, Virgen visitada por el Espíritu, Madre llena de gracia, nos acompañe e interceda por nosotros.


viernes, 6 de junio de 2025

JUBILEO DE LAS FAMILIAS, LOS NIÑOS, LOS ABUELOS Y LOS MAYORES

En la homilía del VII Domingo de Pascua (1 de junio de 2025), pronunciada en pleno Jubileo de las Familias y de los Ancianos, el Papa León XIV subrayó que Jesús ora para que todos seamos “una sola cosa”, una comunión fundada en el amor de Dios que hace brotar vida y salvación; por ello exhortó a esposos, hijos y abuelos a vivir un amor total, fiel y fecundo capaz de sanar las heridas sociales, recordando que del seno de la familia nace el futuro de los pueblos.


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

VII Domingo de Pascua - Domingo, 1 de junio de 2025

El Evangelio que acabamos de proclamar nos muestra a Jesús que, en la Última Cena, ora por nosotros (cf. Jn 17,20). El Verbo de Dios hecho hombre, ya cercano al final de su vida terrena, piensa en nosotros, sus hermanos, y se convierte en bendición, súplica y alabanza al Padre, con la fuerza del Espíritu Santo. También nosotros, al entrar con asombro y confianza dentro de la oración de Jesús, nos vemos envueltos, por su amor, en un gran proyecto que abarca a toda la humanidad.

Cristo pide, en efecto, que todos seamos “una sola cosa”
(cf. v. 21). Este es el mayor bien que se puede desear, porque esta unión universal realiza entre las criaturas la comunión eterna de amor que es Dios mismo: el Padre que da la vida, el Hijo que la recibe y el Espíritu que la comparte.

El Señor quiere que, para unirnos, no nos agreguemos a una masa indistinta como un bloque anónimo, sino que seamos uno: «Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros» (v. 21). La unidad por la que Jesús ora es, por tanto, una comunión fundada en el mismo amor con que Dios ama, de donde provienen la vida y la salvación. Y como tal, es ante todo un don que Jesús trae consigo. Es, desde su corazón humano, que el Hijo de Dios se dirige al Padre diciendo: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste» (v. 23).

Escuchamos con conmoción estas palabras: Jesús nos está revelando que Dios nos ama como se ama a sí mismo. El Padre no nos ama menos que a su Hijo unigénito, o sea de manera infinita. Dios no ama menos, porque ama antes de nada, ¡ama antes que nadie! Así lo atestigua Cristo cuando dice al Padre: «Ya me amabas antes de la creación del mundo» (v. 24). Y es así: en su misericordia, Dios desde siempre quiere acoger a todos los hombres en su abrazo; y es su vida, la que se nos entrega por medio de Cristo, la que nos hace uno, la que nos une entre nosotros.

Oír hoy este Evangelio, durante el Jubileo de las Familias y de los Niños, de los Abuelos y de los Ancianos, nos llena de alegría.

Queridos amigos, hemos recibido la vida antes incluso de haberla deseado. Como enseñaba el Papa Francisco: «Todos los hombres somos hijos, pero ninguno de nosotros eligió nacer» (Ángelus, 1 enero 2025). Y no sólo eso. Apenas nacemos, necesitamos de los demás para vivir; solos no lo hubiéramos logrado. Se lo debemos a alguien más, que nos salvó, se hizo cargo de nosotros, de nuestro cuerpo y también de nuestro espíritu. Todos nosotros vivimos gracias a una relación, es decir, a un vínculo libre y liberador de humanidad y cuidado mutuo.

Es cierto que, a veces, esta humanidad se ve traicionada. Por ejemplo, cuando se invoca la libertad no para dar vida, sino para quitarla; no para proteger, sino para herir. Sin embargo, incluso frente al mal que divide y mata, Jesús sigue orando al Padre por nosotros, y su oración actúa como un bálsamo sobre nuestras heridas, convirtiéndose en anuncio de perdón y reconciliación para todos. Esa oración del Señor da sentido pleno a los momentos luminosos de nuestro amor mutuo como padres, abuelos, hijos e hijas. Y esto es lo que queremos anunciar al mundo: estamos aquí para ser “uno” tal y como el Señor quiere que seamos “uno”, en nuestras familias y en los lugares donde vivimos, trabajamos y estudiamos: distintos, pero uno; muchos, pero uno, siempre uno, en cualquier circunstancia y edad de la vida.

Hermanos, si nos amamos así, sobre el fundamento de Cristo, que es «el Alfa y la Omega», «el principio y el fin» (cf. Ap 22,13), seremos un signo de paz para todos, en la sociedad y en el mundo. No hay que olvidarlo: del seno de las familias nace el futuro de los pueblos.

En las últimas décadas hemos recibido un signo que llena de gozo y, al mismo tiempo, invita a reflexionar: me refiero al hecho de que fueron proclamados beatos y santos algunos esposos, no por separado, sino juntos, como pareja de esposos. Pienso en Luis y Celia Martin, los padres de santa Teresa del Niño Jesús; y recuerdo también a los beatos Luis y María Beltrame Quattrocchi, cuya vida familiar transcurrió en Roma, el siglo pasado. Y no olvidemos a la familia polaca Ulma, padres e hijos unidos en el amor y en el martirio. Decía que es un signo que da que pensar. Sí, al proponernos como testigos ejemplares a matrimonios santos, la Iglesia nos dice que el mundo de hoy necesita la alianza conyugal para conocer y acoger el amor de Dios, y para superar, con su fuerza que une y reconcilia, las fuerzas que destruyen las relaciones y las sociedades.

Por eso, con el corazón lleno de gratitud y esperanza, a ustedes esposos les digo: el matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel y fecundo (cf. S. Pablo VI, Carta enc. Humanae vitae, 9). Este amor, al hacerlos “una sola carne”, los capacita para dar vida, a imagen de Dios.

Por tanto, los animo a que sean para sus hijos ejemplos de coherencia, comportándose como desean que ellos se comporten, educándolos en la libertad mediante la obediencia, buscando siempre su propio bien y los medios para acrecentarlo. Y ustedes, hijos, sean agradecidos con sus padres: decir “gracias” por el don de la vida y por todo lo que con ella se nos da cada día es la primera forma de honrar al padre y a la madre (cf. Ex 20,12). Por último, a ustedes, queridos abuelos y ancianos, les recomiendo que velen, con sabiduría y ternura, por quienes aman, con la humildad y paciencia que se aprenden con los años.

En la familia, la fe se transmite junto con la vida, de generación en generación: se comparte como el pan de la mesa y los afectos del corazón. Esto la convierte en un lugar privilegiado para encontrar a Jesús, que nos ama y siempre quiere nuestro bien.

Y quisiera añadir una última cosa. La oración del Hijo de Dios, que nos infunde esperanza en el camino, también nos recuerda que un día seremos todos uno unum (cf. S. AGUSTÍN, Sermo super Ps. 127): una sola cosa en el único Salvador, abrazados por el amor eterno de Dios. No sólo nosotros, sino también los padres y las madres; los abuelos y abuelas; los hermanos, hermanas e hijos que ya nos han precedido en la luz de su Pascua eterna, y que hoy sentimos presentes, aquí, con nosotros, en este momento de fiesta.

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